lunes, 30 de junio de 2008

Los CÁNTABROS: un pueblo guerrero

Si hay algo claro, es que el pueblo cántabro fue de los pocos que opuso gran resistencia a la entrada del Imperio romano en su civilización. Buenos guerreros que han destacado en la historia del mundo como de los más fieros. Pero no eran tan salvajes como se dice y no todo era guerra para ellos. No hay duda a través de la información recibida desde tan remoto pasado se tenía una visión de los cántabros de gran fervor y ardor en todos los aspectos que configuran la vida cotidiana, pero muy especialmente en lo tocante a la guerra.

Su resistencia y perseverancia no nos sitúan ante un pueblo salvaje, guerrero y sin instrucción, más bien parece que nos encontremos con una sociedad bastante bien definida y en la que el ejercicio de la guerra no estaba sujeto al azar o la improvisación. La sociedad antigua que encontramos en Cantabria, sin duda estaba provista de un panteón divino acorde con un pueblo como el nuestro. Dentro de la triple división que un autor como Dumézil establece para el contexto social indoeuropeo, nos encontramos con sacerdotes, guerreros y agricultores. La presencia del guerrero es transpolable a la división triple de la funcionalidad divina. Este dios sería fuerte, poderoso, importante y muy venerado; dependiendo tanto del tipo de sociedad en la que nos encontremos o de la situación del pueblo en un momento determinado, es evidente que cada dios tiene una función bastante bien delimitada. Por tanto, un dios guerrero sería muy venerado en momentos de guerra o lucha. Sin duda, las guerras cántabras constituirían uno de los puntos álgidos de este dios. Esta sociedad estaba profundamente marcada por la guerra, al estilo de la edad de bronce que encontramos en la sociedad griega, donde los hombres luchan de continúo y no comen pan, como signo de barbarismo y desprecio por la agricultura. Este tradicional salvajismo vinculado a nuestro pueblo parece estar alejado de nuestros antepasados. Esto no quiere decir que no se aplicaran con contundencia en la defensa de un determinado estilo de vida.

No contamos con ninguna representación de esta divinidad guerrera, sin embargo a tenor de los elementos que portaban los guerreros podemos imaginarnos los pertrechos del dios, ya que como estamos viendo semana tras semana cada sociedad crea sus propios dioses a su imagen y semejanza. Es evidente que la iconografía no era demasiado apreciada por los montañeses, pues los restos son más que exiguos.

A este dios de la guerra se le tributaban numerosos sacrificios en su honor, fundamentalmente de animales, machos cabríos y caballos. Cabe también la posibilidad de que la conocida práctica de los concanos de beber sangre de caballo, fuera en realidad un ritual sacrificial que teniendo como elemento de ofrenda al équido, se venerara a una divinidad como la guerrera. Es ésta sin duda una teoría, no una certeza, aunque no descartable. La tradición celta y celtíbera nos invita a pensar en el sacrificio de humanos entre los propios cántabros, ya que estos se llevaban a cabo entre lusitanos, galos, caledonios, germanos..., aunque esto no significa que aquí también tuvieran lugar, es conveniente dejar esa posibilidad abierta.

Desconocemos el nombre que este dios recibía, si bien parece claro que sí pudiera poseerlo, pues los pueblos cercanos cultural y geográficamente así lo atestiguan. Es muy posible que se perdiera a raíz de la invasión romana, a partir de ese momento se habla de Marte. No sería el nuestro un caso aislado. Los romanos, poco amigos de usar la terminología indígena, eran más proclives a asimilar los dioses de los conquistados, otorgándoles su propia nomenclatura. Del ara del pico Dobra, que ya hemos mencionado en alguna ocasión, sacamos la divinidad de nombre indígena Erudino, asociada por algunos autores con una deidad guerrera, lo cual no se puede asegurarse de manera clara, al menos de momento.

El divino Marte de los cántabros contaría con la gran parte de los atributos que conocemos de los dioses de los pueblos vecinos. Un dios que es invocado en la batalla, con armas contundentes, astucia, crueldad e inteligencia. Sin duda protegería al guerrero, quien en ocasiones podemos considerar como una ofrenda para el dios. Es decir, la muerte del guerrero en el combate no es algo nefasto y terrible, sino que supone la inmolación y el sacrificio del hombre por su pueblo, por un estilo de vida y por un dios que ha de abrirle las puertas del Más Allá.

domingo, 29 de junio de 2008

La Montaña en la Cantabria Ancestral

Tras conocer el sol y la luna ahora es el momento de descubrir la divinización de la naturaleza, todavía más cercana al hombre. La naturaleza nos ofrece un espectáculo tan majestuoso que continuamente ha sorprendido al hombre, y no sólo en épocas remotas sino que también hoy día nos vemos maravillados por el mundo natural que nos circunda. Las montañas, esas grandes moles que rodean nuestra región, los montes, las colinas, los picos y en general toda la cordillera han admirado a nuestras gentes, han sido su refugio, su lugar de recogimiento, en ellas acechaban peligros y bondades. No pocas leyendas se sitúan en las montañas de nuestra región. Si bien es cierto que son innumerables los pueblos que han adorado a las montañas, en nuestra tierra, La Montaña, esta veneración ha sido y es más acusada si cabe. Con sólo echar un vistazo alrededor de Cantabria no encontraremos con montañas sin fin que se encadenan en un verdadero alarde de magnificencia.

El propio nombre de nuestra región nos acerca a la montaña, pues la palabra Cantabria procede de la raíz de origen céltico cant-. Un autor como Echegaray ve en este nombre la raíz iliria *cant-, que también podemos atestiguar en otras de las lenguas de origen celta, significando “roca”, “montaña”. En el sufijo «-abr-» lee “habitante de”. Así pues Cantabria tendría como significado “los habitantes de la montaña o montañeses”. Esta denominación lingüística se corresponde perfectamente con la terminología con la que se conoce a los habitantes de la región, montañeses en su tierra, La Montaña.

En un primer momento fueron las propias montañas como tales el objeto de culto, el poder que infundían en las gentes era significativo y en muchos aspectos pervive hoy día. Las montañas eran quienes protegían el estilo de vida de los cántabros, fueron ellas las que provocaron en gran medida un cierto aislamiento de este pueblo, lo que causó un particular estilo de vida. Conocido es que los castros de este pueblo tuvieron como emplazamiento la parte alta de las colinas y montañas, en parte para la protección pero también con un sentido religioso. Ya legendario es que los cántabros consideraban que las aguas del mar llegarían a lo alto de los Picos de Europa antes que caer derrotados por un Imperio como el romano, sin embargo, así es la historia, de casi nada se puede decir nunca o siempre.
Pocos lugares eran más apropiados para rendir culto a las divinidades que aquel que físicamente se acercaba más a dioses como el sol y la luna o cualquier otra divinidad celeste. Los picos y montañas constituyeron verdaderos santuarios naturales en los que realizar diferentes rituales.

¿Pero cuáles son algunas de las montañas en las que podemos encontrar esta veneración? Son muy numerosas por lo que se habrá de comentar las más destacadas, y cuya advocación ha transcendido en el tiempo y ha llegado hasta nuestros días.

Algunas montañas llevan en su propio nombre una clara referencia a la sacralidad de sus piedras, ejemplos como Peña Sagra, Peña Santa o Moza-gro, indican que han sido considerados lugares de culto desde la antigüedad más remota. Es extraño no encontrar en cada valle una montaña o pico en el que tradicionalmente no se realice una procesión o una marcha ritual.

El pico Dobra constituye uno de los lugares sagrados más importantes de la comarca del Besaya, su nombre nos remite a una extendida raíz céltica, pero lo que más nos interesa es que fue un lugar en donde se rindió culto a los dioses, muy posiblemente en un principio a la propia montaña y posteriormente a divinidades con nombre propio. Fue en este pico en donde se halló una de las aras más importantes para el estudio de nuestro pueblo, el ara al dios Erudino, uno de los pocos testimonios que conocemos con el nombre indígena. De la lectura de este ara extraemos la fecha de su realización o colocación, aunque no hay unanimidad en la datación, la interpretación más extendida la sitúa en torno al 399 después de J.C., lo que sería verdaderamente revelador al contemplar que el rito pagano se extendió en el tiempo mucho más allá de la implantación del cristianismo en el Imperio Romano.

El pico Jano, nombre que se asocia a una divinidad indoeuropea, indica su importante papel religioso. Este pico no está exento de leyenda, tradición y mito, pero es tan apasionante que le dedicaremos tanto al dios como a la montaña una edición concreta.

Son numerosos los topónimos que poseen la raíz cant- o cand- referidos a montañas o lugares elevados, no sólo en Cantabria sino fundamentalmente en todo el norte peninsular. Candina y Candiano son algunos ejemplos, estas palabra se asocian a blanco, brillante, lo cual no parecería nada particular de no ser porque conocemos la divinidad indígena conocida como Júpiter Candamo. La unión de Júpiter y Candamo parece que pudiera traducirse por “Júpiter luminosísimo”. Esta divinidad superior recibía culto en lo alto de las montañas, al ser el lugar más próximo a una divinidad celeste y suprema.

Pero las montañas no han sido un lugar sacro únicamente durante la antigüedad. A lo largo de los tiempos el culto se ha ido transformando, pero el lugar se ha mantenido. Templos, ermitas e iglesias han sido establecidas en las colinas, las montañas e incluso los picos en todas las épocas. Aún hoy son numerosas las procesiones que tienen como destino las montañas. ¿Quién no ha visto las numerosas ermitas en zonas casi inaccesibles y de difícil acercamiento? Las muchas cruces que hoy día se encuentran en los picos no son una iniciativa decorativa y carente de una alta carga de simbolismo religioso. Las religiones cambian, pero el lugar de culto permanece. Desde la Ermita de la Virgen de la Luz hasta el templo romano del alto de Julióbriga no existe una mentalidad tan distante, pertenecen a mundos y épocas diferentes pero no radicalmente opuestas. Lo básico siempre permanece.

sábado, 28 de junio de 2008

La Mujer y su Poder

Destacan las aportaciones del geógrafo griego Estrabón, que nos describe la cultura y vida de este pueblo. Vivían en un tipo peculiar de asentamiento: el castro. Se trata de un poblado fortificado situado en zonas altas para facilitar su defensa. Las viviendas eran de tipo circular y se hallan defendidas por murallas. La economía se basaba en la agricultura de tipo cerealista, la ganadería, la caza (ciervo, jabalí), la pesca y el marisqueo. En minería explotaban el hierro, el oro y el plomo. Establecieron relaciones comerciales entre sí y con otros pueblos como los griegos, aunque desconocemos si utilizaron algún tipo de moneda. En el aspecto social se trataba de una sociedad sin Estado, siendo la unidad más elemental el clan que se identifica con la familia, le sigue la centuria como unidad político-militar, varias centurias formarían un populus que dominarían un territorio determinado. La cultura castreña estaba basada en una organización matriarcal en el sentido de que son las mujeres las que heredan la tierra, dirigen la vida familiar y económica, reservando al hombre para tareas de guerra.

Paradójicamente a lo que hoy ocurre en una gran parte de las culturas, religiones y panteones míticos, el mundo femenino tuvo en los primeros momentos de cada una de las sociedades primitivas una relevancia que le hacía tener realmente la primacía y el control social. No es menos evidente que con el paso del tiempo ese predominio inicial de lo femenino fue cambiando y transformándose en un radical control masculino de la sociedad. Este desarrollo que en el mundo terrenal es más que evidente, no lo es menos en el plano mítico. Las mitologías no son algo impuesto y ajeno a lo humano, sino que son desarrolladas, creadas, inventadas y transmitidas por hombres y mujeres que reflejan en los dioses las pasiones humanas, desde las más bajas hasta las más excelsas. Como podemos suponer, y también comprobar, Cantabria no fue una isla en lo que a esta evolución mítica y social se refiere, es más, nuestra región aporta componentes de verdadera importancia para el estudio de las sociedades antiguas, tanto en el plano mitológico como en el etnográfico.

El culto primitivo se encontraba claramente vinculado a la naturaleza. En este mismo sentido nos encontramos con que los primeros elementos generadores de vida se asocian en muchos de los pueblos que estamos viendo con la feminidad. Sin duda la tierra es una divinidad femenina y por medio de esta madre tierra se engendran los principales elementos naturales. Casi todas las religiones, sociedades y mitologías que nos sirven de referencia tienen como divinidades primigenias a un componente femenino. Entre los griegos encontramos a Gea, asumida en parte por los romanos, aunque la más significativa e interesante para el estudio de los cántabros es Dana, la verdadera Diosa Madre de los celtas y en gran medida de los indoeuropeos. La importancia de las divinidades femeninas en el mundo mítico céltico es realmente grande, y al contrario de lo que ocurrió entre romanos o griegos se conservó vigente durante mucho tiempo. Esta divinidad es sin duda la primordial para numerosas sociedades del ámbito céltico, lo cual nos invita a preguntarnos que, si bien es cierto que Cantabria mantuvo intactas numerosas influencias de estos pueblos, ¿acaso no conservamos también este predominio mítico y terrenal de lo femenino? La respuesta es afirmativa, tanto en el plano mítico como en el humano. Los testimonios de la sociedad cántabra son más abundantes que los mitológicos, sin embargo como hemos comentado anteriormente, la religión y el mito es el fiel reflejo de la sociedad con las variaciones y connotaciones necesarias.

Por lo tanto, es más que evidente que durante mucho tiempo la cultura de Cantabria fue de tipo matriarcal; es decir, la mujer tenía en diversos planos de la sociedad el papel preponderante y servía de claro referente para su pueblo. Los elementos que nos inducen a pensar en una ginecocracia entre los cántabros son numerosos, tan sólo aportaremos los más destacados como son los matrimonios efectuados mediante la dote del hombre y no de la mujer como ocurría en estructuras patriarcales. La herencia se transmitía de manera matrilineal, lo que indica que la hacienda pertenecía por completo a la mujer. Eran las mujeres quienes buscaban esposa a sus hermanos, además de aportarles el ajuar necesario. La mujer se ocupaba de las tareas del campo, dedicándose el hombre a la caza y a la guerra. Aunque a tenor de los testimonios de autores como Estrabón no podríamos afirmar con total rotundidad que la mujer no participara del combate. Aunque parece evidente que el peso de la lucha lo soportaban los guerreros masculinos, no parece menos cierto que la fiereza de este pueblo era extensible a la mujer, abundantes relatos muestran su fortaleza. Quizá no podemos hablar de amazonas guerreras como las de otros pueblos, por ejemplo entre los britanos cercanos a Caledonia, Escocia, encontramos a Boudicca que encabeza la revuelta de su pueblo contra Roma; sin embargo, habría que dejar la puerta abierta a nuevos estudios que despejen y clarifiquen el verdadero papel de la mujer cántabra en la guerra. Otra práctica más que conocida y que escandalizaba tanto a los pueblos de la península itálica, era la covada, esta costumbre consistía en que cuando daba a luz la esposa, era el marido quien inmediatamente se metía en la cama con el hijo y ambos eran atendidos por la mujer. Otro rasgo que continúa certificando este matriarcado en la Cantabria antigua es aquel que muestra que en la familia la figura masculina con verdadera autoridad no era el marido, sino el tío por parte materna, en latín el Avunculus, por eso este tipo relación familiar se denomina Avunculado. El padre no tiene un papel relevante en su casa, sino que ejerce como cabeza de familia en el hogar de su hermana.

Pero, ¿existió una verdadera Diosa Madre entre los cántabros? Si bien los testimonios escritos no son numerosos, los indicios que encontramos en los diferentes ámbitos de estudio no permiten realizar esta afirmación. Muchas son las divinidades femeninas cántabras, sin embargo una verdaderamente interesante es la que encontramos en un ara votiva en Topusko, en la cuenca Danubiana, en la extinta Yugoslavia, como nos transmite J. González Echegaray. Actualmente se halla en el Museo Agramense y dice así :
CANTABRIA \ SACR (um),\
CUSTOD (es) \ EIUSDEM
Monumento sagrado a Cantabria, sus propios guardianes (lo pusieron).
Habría sido realizada por alguno o algunos de los numerosos guerreros cántabros, mercenarios que partieron a tierras lejanas de la mano de las legiones romanas. Echegaray ve en esta Cantabria una Diosa Madre de los cántabros, y bien pudiera ser así. Están muy extendidos los testimonios en los que los topónimos se asocian con deidades.

Es también claro que con la evolución de la cultura cántabra algunas divinidades femeninas fueron perdiendo fuerza en beneficio de deidades masculinas como por ejemplo el dios de la guerra. Esta circunstancia se vio acentuada con la llegada de la influencia romana que ponía el acento en el mundo masculino, perdida ya la influencia femenina de su época inicial. Sin embargo no nos olvidemos de divinidades de Cantabria como Deva o Epana, claros referentes femeninos.

viernes, 27 de junio de 2008

El AGUA convertida en Diosa

El agua era considerada como el hogar de ciertos dioses, además de ser un medio de transición hacia el Más Allá. Por ello el agua era un importante lugar de culto para los pueblos celtas.

De igual forma, esa presencia en el mundo natural, iba muy unida a la idea de fertilidad. El mejor ejemplo es que, por ejemplo en la mitología irlandesa, la unión de un rey mortal con la diosa de la tierra propiciaba la fertilidad de Irlanda. El agua era considerada fuente de vida y también de muerte, por lo que los cultos al agua fueron un rasgo predominante en su religión. Tal era así que los ríos poseían su numen y ya desde la Edad de Bronce arrojaban a ellos objetos preciosos como ofrendas votivas y, en la Edad de Hierro, ríos como el Támesis y el Witham recibían, concretamente, objetos marciales: armas, escudos y armaduras. Incluso algunos ríos se “personificaban” como dioses. El mejor ejemplo es el mito del río Boyne, personificado en la diosa Boann, a quien su marido, Nechtan, él mismo espíritu del agua, convirtió en río como castigo por haberse atrevido a visitar su pozo prohibido “Sídh Nechtan).
También eran sagrados los lagos y pantanos. Cabe destacar que, por ejemplo, en el yacimiento de La Tène, en Suiza, se crearon específicamente plataformas de madera para poder lanzar objetos preciosos en una pequeña bahía en el extremo occidental del lago Neuchâtel. Allí se encontraron, como ofrendas, desde cientos de broches y escudos, hasta carros y animales. En cuanto a las ciénagas, en ellas se desarrollaban importantes actividades de culto y los celtas intentaban que los espíritus de los pantanos les fueran propicios por medio de ofrendas que llegan incluso a sacrificios humanos. Se cuenta que la ofrenda más impactante realizada en un pantano de Gran Bretaña fue encontrada en Lindow Moss: el cuerpo de un joven muerto a garrote y lanzado desnudo a una charca pantanosa en algún momento de la Edad de Hierro.

Respecto a los pozos, eran considerados nexos de unión entre la tierra y el mundo de los muertos. La diosa Coventina presidía un manantial y un pozo sagrados en la fortaleza romana de Carrawburg en el Muro de Adriano. Por otro lado el Ciclo de Fionn destaca, al hablar del Salmón del Conocimiento, que el mismo vivía en el fondo de un pozo. El culto a la diosa irlandesa Brigit, que posteriormente pasó a ser una santa cristiana, estaba estrechamente ligado a los pozos sagrados. Finalmente, y respeto a los manantiales, éstos eran venerados para agradecer sus propiedades curativas. Los dos manantiales de Chamalières, en Clermont-Ferrand, poseen minerales con auténticas propiedades curativas. Tal es así que ya en el siglo Y a de Jesucristo, la charca era visitada por devotos enfermos que ofrecían al espíritu que la presidía, imágenes de madera que los representaba a ellos mismos, y en las que se destacaban, particularmente, enfermedades oculares. La deidad curativa británica de mayor importancia fue Sulis, cuyo santuario estaba en Aquae Sulis, el gran templo de Bath, en un lugar donde los manantiales termales salen a borbotones de la tierra a unos 1.130.000 litros al día.

Una de las más bellas, –de las numerosas leyendas–, que los celtas tejieron en torno al agua, es la del hada Venela, quien por amor a un humano renunció a su inmortalidad par adquirir la condición de su amado y, cuando fue abandonada por éste, se convirtió en llanto continuo, en agua que se desliza.

En el mismo sentido, se puede destacar el culto del agua, que tiene la función de ser creadora y purificadora, un símbolo de la nueva vida. Venus, o Afrodita, sale de las espumas del mar en la mitología griega, la cual fue influida por la mitología celta.

Pero esta no es la única influencia ya que en la religión cristiana, en la Biblia, el diluvio purificó la tierra de los pecados de los hombres. El agua de lluvia es sagrada por venir del cielo, de los dioses. Con este agua la naturaleza puede crecer. Las fuentes son sagradas porque se ven en su espejo verdades sobre uno mismo que no se pueden ver de otra manera. Todavía hoy tenemos "fuentes" sagradas, se ve en cada iglesia católica: el agua bendita.

Todas las aguas están pobladas de genios y espíritus protectores. En la noche de San Juan las aguas corrientes tienen una doble virtud: sanan a la gente y, en esta noche feliz, se realizan todas las maravillas y milagros cuando uno está cerca de un río. La virtud más alta la tiene el mar, que limpia nuestro cuerpo de los gérmenes, de las enfermedades y de demás impurezas.

El culto a las aguas estaba muy extendido y nombres como Diva, Deva o Devona (la divina) eran apelación frecuente de sus ríos.

Nos topamos con un elemento no sólo imprescindible para la vida sino también para cualquier tipo de ritual. El agua, sin duda es básico como instrumento religioso, pero también es objeto de veneración en sus diversas formas, como un río, una fuente, una cascada, un lago, un mar o un océano. Sería difícil hallar una religión en la que el agua no tuviera un papel preponderante y fundamental. Es el símbolo de la purificación, de la renovación, del cambio y la limpieza tanto física como moral.
Los rastros de esta manifestación ritual en Cantabria son bastantes numerosos y más que significativos. Aunque en el mundo antiguo la participación del agua en el rito era fundamental, aún hoy en día se sigue manteniendo una presencia importante en las ceremonias de muchas religiones. Incluso las rogativas para solicitar la lluvia o bien para aplacarla no están lejanas en el tiempo. Cantabria se caracteriza, entre otras muchas cosas, por la abundancia de agua en sus más diversas formas. Especialmente son los ríos lugares en donde encontrarnos con la divinidad. Cantabria está surcada por lechos fluviales que constituyen el alma de los diversos valles; Saja, Besaya, Deva, Nansa, Asón, Ebro y otros muchos fueron motivo de divinización. Y aunque todos han sido y son realmente interesantes, sin embargo en lo que su participación en el mundo religioso se refiere, dos han escrito una página importante en la tradición mitológica de la región, el Deva y el Ebro.

El río Ebro, Iber o Hiberus, tiene no sólo gran importancia en su relación con lo religioso o mítico, sino que la magnificencia de este río la encontramos perfectamente atestiguada en la denominación de muchos elementos peninsulares. No en vano la piel de toro hispana recibe el nombre de Península Ibérica, los habitantes de gran parte de ella son los íberos, así como los celtíberos. En Cantabria Valderredible nos remite al río, Val de Ripa Hibre, Valle del Ebro. Y no podríamos olvidarnos del nacimiento, la fuente, el lugar inicial del curso fluvial, Fontibre.

El otro río en el que encontramos una clara referencia al mundo mítico-religioso es el Deva. Sólo su nombre nos sitúa en las mismas puertas de la divinidad. Si hacemos un pequeño recorrido por las relaciones que este nombre tiene en otras lenguas, no podremos dudar de que el propio río fuera venerado. Es un claro paradigma de ese culto naturalista que hemos comentado entre los montañeses. Deva quiere decir “Divina o Diosa”, es un término que se rastrea fácilmente en numerosos idiomas de origen indoeuropeo, aquí tenéis algunos buenos ejemplos: céltico, Deva; antiguo irlandés, dia; Antiguo galés, duiu; antiguo córnico, duy (dios); latín deus (dios); sánscrito, deva-h (dios). Este río fue venerado como tal, como divinidad de la naturaleza. Sin embargo el rito tuvo una clara evolución, y a tenor de una inscripción encontrada en el Monte Cildá, podemos entender que lo que en principio fue un simple culto natural, se convirtió en una divinidad concreta que mantenía el nombre del río, la inscripción es la siguiente: Matri Dev[ae] / G(aius) Licinus Ci[s] / us templum [exv]oto, l(ibens) m(erito).” (A la Madre Deva, Gaio Licino Ciso con motivo de un voto le dedica este recinto sagrado justa y merecidamente). Así pues, Deva se convirtió en una divinidad femenina con un culto claramente atestiguado. Evidentemente, si encontramos una inscripción como la referida es porque hubo muchas más que o bien han desaparecido o bien todavía no se han localizado. La tradición de diosas entre los pueblos celtas y entre los mismos cántabros está muy extendida y es una de las características diferenciales de estas sociedades.
La lingüística nos vuelve a echar una mano en nuestra labor de descubrimiento de las tradiciones mítico-religiosas de nuestro pueblo, así encontramos términos como Aliva que interpretamos como Aa Diva, “Aguas Divinas o Sagradas”, ya que agua en céltico se desprende de Aa.
Recurriendo de nuevo a los textos antiguos nos encontramos con que en la región también quizá los lagos fueron lugar de interés mitológico. Suetonio, autor que vivió a caballo de los siglos I y II d.C. cuando nos narra la vida de los Césares en su obra De Viris Illustribus, al hablar de Galba dice: “No mucho después cayó un rayo en un lago de Cantabria y se encontraron doce segures, señal nada dudosa del poder imperial”. Antes, al referirnos al culto en Cantabria de los lagos, usábamos la palabra quizá, porque en el texto original algunos autores leen lacum, lago y otros lucum, bosque. Sea como fuere, esta noticia nos dice que doce hachas fueron presentadas como ofrenda en Cantabria, bien en un lago o en un bosque, ambas cosas son más que posibles.

Otros lugares relacionados con el agua han recibido ofrendas, y aún las siguen recibiendo muchos. La fuentes son un verdadero lugar de culto, símbolo de sabiduría y de conocimiento. Eran los emplazamientos destinados a convertirse en lugar de reunión de los pueblos y de sus gentes más sabias. Fuente Dé, Fontibre y las Fontes Tamáricas son las más destacables. Sobre estas últimas tenemos testimonios que nos indican que servían para los augurios, es decir, a través de ellas se predecían acontecimientos del futuro. Estas fuentes consistían en tres manantiales que curiosamente se secaban durante un tiempo y volvían a brotar de manera anárquica. Al parecer si se acudía a verlas y éstas permanecían secas, eso simbolizaba un mensaje mortal para el curioso viajero, así se afirma que ocurrió a cierto legado romano. También los romanos apreciaron las aguas de Cantabria y así lo confirma la ofrenda conocida como Pátera de Otañes, una pieza votiva al poder curativo y posiblemente a la ninfa de estas aguas, Umeri.

jueves, 26 de junio de 2008

Muerte y Resurrección: la cara oculta de la luna

Entre los cántabros la Luna ha recibido veneración en diversas épocas, sin embargo entre los primeros cántabros tuvo gran importancia como ha quedado testimoniado, tanto en las fuentes de la epoca, como en los grabados en piedra. las referencias que encontramos en las fuentes antiguas, destaca la de Estrabón: «Algunos dicen que los Callaicos no tienen dioses y que los Celtíberos y sus vecinos del Norte dan culto a un Dios sin nombre, en las noches de plenilunio fuera de sus pueblos, haciendo bailes de rueda y fiestas nocturnas con sus familias». Según este testimonio podemos considerar que el astro recibía culto, en especial durante la luna llena, momento que era considerado de plenitud e ideal para las plegarias o sacrificios. Sin embargo hay autores que no extraen de esta reseña que los pueblos del norte, y entre ellos destacan los cántabros, tuvieran como referencia una divinidad lunar, sino que estiman que en esas noches se realizaban cultos a otras divinidades, aprecian que únicamente se utilizaban los días de luna llena por pura practicidad, ya que la luminosidad de estas noches posibilitaba que se pudieran realizar diversas actividades sin la oscuridad de otros momentos. De una u otra manera, no parece carente de veracidad que el pueblo montañés mantuviera un culto a la Luna, no olvidemos que el testimonio de las estelas es clave. Como hemos visto, los astros están claramente impresos en las fenomenales estelas discoideas. Si bien esta forma de representar a la Luna no es exclusiva de nuestro pueblo, sino que la podemos hallar en parte de las culturas celtas, aunque no en todas. la representación de la luna en las estelas no es raro, puesto la asociación con la muerte es clara. Para los pueblos antiguos, la Luna era en muchos casos el símbolo de la muerte y la resurrección, era la esperanza, pues el astro moría y resucitaba a los pocos días. Continuamente y durante siglos y siglos la Luna nace y muere, lo cual es todo un símbolo que no pasaron por alto los pueblos antiguos. Este creciente lunar no sólo puede observarse en las estelas discoideas sino también en las cántabras de tradición o influencia romana. En lo relativo a los sacrificios no es descartable que entre los cántabros se realizaran en honor de la Luna, por ejemplo es conocido que los griegos sacrificaban machos cabríos a la diosa, animal que los cántabros inmolaban en honor de su dios de la guerra. En este ritual los helenos marcaban a aquellas vacas que habían sido consagradas a la Luna con un símbolo que se representaba ( ), en oposición al Sol que se expresaba O.


Sin abandonar el mundo antiguo nos topamos con una magnífica pieza de la arqueología cántabra, me refiero a la pequeña figura de bronce encontrada en el Pico del Cueto, Castro Urdiales, antigua Flaviobriga. Esta estatuilla ha sido conocida tradicionalmente como el Neptuno cántabro, sin embargo la simbología que la acompaña no nos acerca a la divinidad marina. Parece más ajustado a la realidad identificarla con Apolo, divinidad que gozó de extensa fortuna entre griegos y romanos. Pero no es la representación de la divinidad la que nos importa en este momento, sino que dicha figura alberga sobre su pecho, a modo de colgante, una media luna de oro. La pieza puede datarse entre el I y III d.C. y el collar que la acompaña es exento, es decir, pudo pertenecer a la pieza desde un principio o cabe la posibilidad de que le fuera colocado con posterioridad.


La relevancia de la Luna no es solamente la de ser considerada como una de las divinidades primigenias, sino que tuvo gran importancia en otros ámbitos tan relevantes como el del cómputo del tiempo. Entre los pueblos que habitaron Europa en la antigüedad histórica encontramos que en la mayoría de ellos el tiempo se contaba atendiendo a las diversas fases de la luna. El ritmo lunar era el realmente relevante a la hora de computar el tiempo, al contrario de lo que hoy es cotidiano.


La Luna es denominada entre los latinos Selene. Era una divinidad con importancia limitada, pero en este sentido en Cantabria encontramos una tribu llamada Salaenos, quizá sólo sea una coincidencia pero el parecido lingüístico es patente, también es significativo apuntar que dicha tribu tenía su asentamiento principal en la zona de Buelna, Valle del Besaya, la zona de mayor riqueza en lo que a estelas gigantes se refiere. Pero tampoco olvidemos que el río Salia tiene también una terminología que no dista demasiado del gentilicio mencionado.


La Luna lunera, que diría Manuel Llano, tiene una importante influencia tanto en los hombres como en los animales y plantas, y evidentemente en la tierra y las mareas. Cualquier agricultor de Cantabria sabe muy bien cuando ha de realizar las tareas del campo, siempre atendiendo al ciclo de Selene. En cuanto a la influencia que ésta ejerce entre los hombres tenemos claras referencias en la lengua española, una palabra como “lunático” designa a quien posee una locura discontinua, “estar en la luna” y otras expresiones de este tipo aluden a la influencia extraña de la luna en los hombres. No nos olvidemos de la licantropía, del hombre lobo, que tradicionalmente se asocia a las noches de luna llena. Muchas otras cosas nos sitúan en la Luna y no son sólo mitos precisamente.

miércoles, 25 de junio de 2008

Comienza el largo viaje

La primera parada se realizará en lo más ancestral del pueblo cántabro, las creencias primigenias, las divinidades que dieron origen a los personajes mitológicos, los primeros cultos básicos y fundamentales.

Como todas las culturas conocidas tiene a la naturaleza como primer elemento de veneración, y más allá, en los astros y los fenómenos climáticos los primeros elementos en ser divinizados. El pueblo de la antigua Cantabria encontró en el rayo, el trueno, la luna, el sol y el resto de astros, lugares comunes a los que dirigir su culto. En ellos se podía contemplar a los responsables y la causa manifiesta de cada uno de los acontecimientos que le ocurrían al hombre y que sin embargo él no acertaba a comprender. Es por ello que todas las culturas antiguas contemplaran en el Sol el elemento primordial y principal representante de la divinidad; egipcios, griegos, romanos, indios, celtas, germanos, escandinavos, y por supuesto cántabros, consideraron este astro como una de las deidades básicas de su panteón mitológico.

En un principio esta divinidad fue venerada como tal, sin más y que con el paso del tiempo, se fue llenando de contenido y adquiriendo un carácter antropomórfico, es decir se asoció con un personaje divino al que se le otorgó forma humana y nombre propio. Así ocurrió en muchas ocasiones, y los dioses solares se presentaron como los más importantes de cada cultura: Apolo, Osiris, Horus, Lug, Mitra, Baco y un largo etc., fueron divinidades que se asociaron al astro rey.

Entre los cántabros no conocemos el nombre que el Sol recibió, bien porque no nos ha llegado por medio de ninguna fuente o inscripción, bien porque nunca existió ese nombre. Este culto entre los cántabros existió con gran fuerza y claridad, está magníficamente atestiguado y podemos rastrearlo en gran medida. No hemos de olvidar que lo que conocemos de los cántabros viene dado por los escritores antiguos, romanos y griegos, así como lo que nos transmite la arqueología, toponimia o lingüística. Sin embargo en muchas ocasiones esto no es suficiente, aún nos faltan datos.

Otra particularidad del culto al Sol y su legado la hallamos en la terminología que acompaña a los días de la semana. En numerosas culturas es el primer día de este periodo el que se le consagra al astro. El día más importante de la semana estaba dedicado al Sol. Y a pesar de lo que pudiera parecer, lo mismo ocurre con el término domingo, el día del señor, el día del dios cristiano. El cristianismo realizó una larga tarea de asimilación del resto de religiones o creencias. Así ocurrió también con el culto al Sol, el cual fue adaptado por el cristianismo uniéndose de esta manera dos divinidades solares, el propio astro y Jesucristo, la divinidad cristiana.

En Cantabria en aquella época las temperaturas eran mucho más bajas y el clima bastante más riguroso, por lo que el Sol era un bien escaso. Para encontrar testimonios del culto al sol, es evidente que tan solo hay que fijarse en las estelas de nuestra región. Las estelas gigantes y discoideas, es decir con forma circular y con una base para ser anclada en tierra. En ellas encontramos a través del rito funerario una clara veneración a la divinidad solar. ¿Quién no conoce estas estelas, quién no tiene una estela en un colgante, en un llavero, en una camiseta...? Son ya sin duda el símbolo regional. Su forma nos remite al culto solar. En él encontramos círculos, cenefas de triángulos, esvásticas y muchos más elementos que nos evocan este culto. Las esvásticas son símbolos solares que se encuentran en innumerables regiones y que, desde su origen asiático, se extendieron por todo el mundo indoeuropeo. En Cantabria estas esvásticas o cruces gamadas, al aparentar cuatro letras gammas griegas G, se denominan concretamente pentaskeles. Es decir, esvásticas de cinco rayos curvos, en ocasiones terminados en punta de lanza, lo que nos indica una nueva referencia solar. Estas representaciones simulan el giro del Sol, así como sus rayos.

martes, 24 de junio de 2008

La mitología de Cantabria, una realidad olvidada para algunos y tan viva en otros

Tras la pista de la cultura robada, llevaremos a cabo un largo camino a través de las leyendas y tradiciones del pueblo, nuestro pueblo. Desde estas líneas, por medio de estas simples palabras, emprenderemos un verdadero viaje de la mano de la mitología de Cantabria que nos guiará por innumerables senderos, valles y montañas. Descubriremos paisajes, mitos y leyendas, historias vivas y relatos perdidos en las memoris, nos perderemos en las brumas del tiempo compartiendo con antepasados lejanos dioses casi olvidados, héroes imperecederos y ritos sorprendentes.
Deambularemos por nuestra geografía desde Valderredible hasta la costa, desde el Valle del Pas a Liébana, desde el oriente al occidente. Nos sumergiremos en ríos divinizados y beberemos de las fuentes de la sabiduría y el conocimiento. Contemplaremos a animales asociados a la divinidad escondidos tras árboles milenarios, que nos cobijan desde su sabiduría. Volveremos la mirada tras la sombra de duendes que se pierden entre los helechos y las llamas del hogar. Comprenderemos a gigantes ciclópeos que habitan nuestras grutas y pasean por nuestro sueños, y hasta respiraremos hondo ante la presencia de hadas salvadoras.
Son nuestros mitos y nuestra historia los que nos llaman desde ese largo letargo que durante años ha complacido a muchos, aunque sin embargo están ahí, son presente, son indiscutible realidad. Cantabria es sinónimo de paisaje, de belleza, pero también lo es de cultura y de tradición. Y nuestra tradición es nuestra historia. Todos los pueblos parten en sus inicios de una historia que es más leyenda que verdadero testimonio fiel. Pero no por ello ésta deja de ser menos válida, más bien todo lo contrario. En cuanto un pueblo toma como propio un mito, pasa a integrar su realidad y a configurar parte de su Historia. Muy a menudo no nos hemos dado cuenta del verdadero valor que nuestra tierra ha tenido a lo largo de los siglos. Mostraré la riqueza de los mitos de Cantabria, a menudo desconocidos o erróneamente interpretados.Mitos que nos unen con numerosas tradiciones de zonas limítrofes; y en ocasiones mitos que tienden un puente entre nuestro pueblo y muchos otros, lejanos en el espacio, pero cercanos en el pensamiento y con conexiones claras y patentes. Es sin duda la mitología uno de los más claros puntos de unión entre los pueblos. Los mitos son un punto de unión entre las gentes que los crearon. Es sorprendente lo que se puede llegar a conocer de una civilización ahondando en sus mitos, en sus rituales o creencias.
Pero estos mitos que se pierden entre nebulosas históricas no han desaparecido sin más, sin un rastro que seguir. Nada más lejos de la verdadera realidad. Están muy presentes aquí y ahora. Nos persiguen a cada uno de nosotros en nuestra vida cotidiana, cada fiesta, cada nombre propio, cada topónimo, cada montaña, cada árbol, cada piedra. Esconden tras su simple apariencia todo un simbolismo apasionante. La huella de estos mitos es extensa.
Como ya he dicho anteriormente, me preocupa más destacar la mitología que comprende a nuestra región, Cantabria. Más tarde se comparará con otras mitologías de otros lugares mas lejanos o cercanos no tan diferentes como en apariencia se piensa. Todo viene de un mismo origen y de un mismo por qué.

domingo, 22 de junio de 2008

Los Bardos Celtas

El Bardo, en los antiguos tiempos célticos era un hombre de gran importancia. Su principal función era cantar las alabanzas de su rey. También entretenía a la asamblea, algunas veces con elogios, otras veces con sátira. Junto con el Druida, el Guerrero y el Platero, él representa la imagen del antiguo Celta.

Según Diodoro de Sicilia, que escribió en el siglo I a.C., nos cuenta que entre los celtas de la Galia existían "poetas líricos llamados bardos, que acompañaban sus canciones con instrumentos semejantes a liras: estas canciones incluyen poemas de alabanza y sátiras".

Según Diodoro, los bardos desempeñaban un papel importante en la sociedad celta: se les contrataba para que escribieran alabanzas de su patrón, pero también para denostar a los enemigos de éste. Se les pagaba por relatar los mitos legendarios de la aristocracia celta en los festejos, bailes y cortejos que solían seguir a un día de caza o guerra. Igual que los primeros poetas, los bardos estaban considerados como una especie de sacerdotes, encargados de transmitir los misterios de la religión de una generación a otra. Quizá esto explique los numerosos aspectos confusos de su mitología. Diodoro escribe que "los bardos conversan con pocas palabras y utilizan acertijos, empleando imágenes oscuras para referirse a las cosas, y poniendo una palabra allí donde quieren decir otra diferente, y tienden a utilizar los superlativos para jactarse de sus propios logros y menospreciar los de otros". Las pruebas de los mitos que han sobrevivido hasta nosotros confirman esta naturaleza exclusiva de los bardos; los poetas suelen cantar canciones de alabanza que sólo otros poetas pueden entender. Al contrario que sus homólogos del mundo clásico, los bardos celtas no conservaban por escrito sus mitos y poemas, sino que los transmitían oralmente de maestro a alumno.

Durante la Edad Media los bardos eran muy bien pagados y respetados socialmente: a me­nudo trabajaban en las casas de la nobleza cel­ta que había sobrevivido a las invasiones. También existieron juglares ambulantes, que recibían pequeños emolumentos por sus canciones que sin duda contribuyeron a mantener viva la tradición oral, llevando sus poemas y mitos por toda Gran Bretaña y parte de Europa. Fue en este periodo cuando aparecieron las primeras versiones escritas de esta mitología celta, pero, como la mayoría de escribanos eran monjes, las historias se cargaron de elementos cristianos. Finalmente, había contadores de historias que desde tiempos remotos relataban sus leyendas a cualquiera que se prestara a escucharlas, bien frente al calor del hogar o en la esquina de algún pub. Todavía hoy existen en remotas regiones celtas, y sus prodigios memorísticos son proverbiales. Un pescador de Barra, Escocia, dice que escuchó de niño a uno de estos cuentacuentos todas las noches durante quince años, y que en todo ese tiempo nunca oyó dos veces la misma historia...

Además de entretener, los bardos eran profesores, pues el comportamiento de los personajes legendarios proporcionaban a los oyentes modelos e ideales, de forma que se aseguraba la continuidad de una sociedad guerrera. Estas historias se empleaban en la educación de los jóvenes nobles, facilitándoles modelos de conducta a imitar...

Los bardos celtas eran expertos en la descripción de mundos imaginarios, animales fantásticos y personajes sobrehumanos. Las principales características de su arte son: brillantes colores y meticulosos detalles al hablar del paisaje, el aspecto de los personajes y sus vestidos. Este llamativo colorido tiene su réplica en las artes visuales celtas. Las descripciones femeninas tienden al voyerismo y la fantasía, reflejo del sexo del bardo; por la misma razón, estos contadores de leyendas exhibían los aspectos marciales de sus héroes masculinos...

Aunque con la llegada del televisor hasta las áreas más remotas del mundo celta, la tradición oral está languideciendo, muchos cuentos y poemas celtas sobreviven hoy gracias a los narradores de historias y cantantes que todavía existen. La tradición de los bardos se mantiene viva en los encuentros anuales de Welsh Eisteddfod, y también se realizan intentos en ámbitos menos formales. El cantante y arpista Robín Williamson, por ejemplo, reelabora las historias de héroes celtas de la tradición poética y las acompaña con su arpa celta. El artista bretón Alan Stivell recrea de forma parecida los mitos celtas de Bretaña. Martin Carthy, cantante y guitarrista, es el pionero de la canción folclórica inglesa, y ha grabado una colección de canciones tradicionales de Gran Bretaña y Bretaña. Aunque algunas de estas canciones y poemas no pasan de ser meras historias agradables en su sencillez, hay otras que conservan en su alma los grandes mitos y leyendas de la antigua clase celta dominante. Por tanto, la tradición de los bardos sigue hoy viva para aquellos que desean escucharla...

Razones históricas han hecho que la tradición celta haya sobrevivido mejor en Irlanda que en ningún otro lugar. El moderno gaélico irlandés es descendiente directo de la antigua lengua celta; todavía se habla en el sudoeste y en 1921 fue reconocida como la lengua oficial de la República de Irlanda. Muchos mitos y leyendas celtas han llegado a nosotros en esta lengua, y la tradición folclórica irlandesa es igual de importante. La siguiente balada tradicional fue cantada por primera vez en tiempos de la emigración masiva de los hombres y mujeres irlandeses a América tras la hambruna de la década de 1840. Esta canción relativamente moderna está dedicada a los héroes legendarios de Irlanda, en un uso típico de la mitología para evocar un pasado dorado. Hoy en día, las propias emigraciones se han vuelto tema de leyenda, y el poder mítico de la canción perdura en un país todavía afectado por este problema; el grupo irlandés Planxty la grabó en 1983.

Vosotros valerosos héroes irlandeses dondequiera que estéis,
Os ruego os detengáis un momento y me escuchéis.
Vuestros hijos y hermosas hijas se están marchando,
Y miles de ellos navegan hacia América.

Buena suerte a esas gentes y que lleguen sanos y salvos.
Dejan su país para ir a una playa lejana.
Dejan a la vieja Irlanda, no pueden seguir aquí,
Y miles de ellos navegan hacia América.

La noche antes de partir se despiden,
Y al amanecer su corazón emite un suspiro.
Besan a sus madres y dicen:
"Adiós, querido padre, debemos marcharnos."

Sus amigos y familiares y también sus vecinos,
Cuando están hechos los baúles listos para partir,
Las lágrimas de sus ojos
Los caballos se impacientan antes de salir hacia el tren.

Buena suerte a esas gentes y que lleguen sanos y salvos.
Dejan su país para ir a una playa lejana.
Dejan a la vieja Irlanda, no pueden seguir aquí.
Y miles de ellos navegan hacia América.

Al llegar a la estación se oyen los últimos gritos,
Agitan sus pañuelos en señal de despedida.
Sus corazones estarán rotos cuando lleguen a la otra orilla.
"Adiós, querida vieja Irlanda, ¿volveré a verte?"

Lástima de la madre que cría al niño,
Y del padre que trabaja y se afana.
Para poder alimentarlos trabaja de día y de noche.
Y cuando se hagan mayores tendrán que marcharse.

Buena suerte a esas gentes y que lleguen sanos y salvos.
Dejan su país para ir a una playa lejana.
Dejan a la vieja Irlanda, no pueden seguir aquí.
Y miles de ellos navegan hacia América.

sábado, 21 de junio de 2008

El ÁRBOL era la VIDA

Si hay una cultura ligada a la vida de los árboles, es la celta. Se divinizó la foresta, un culto con clara influencia celta a través de su mitología arbórea. Algunas especies de árboles eran especialmente respetados; el tejo y el roble. El primero es la especie más emblemática y simbólica de Cantabria y ha sido venerado por los cántabros de la antigüedad, formando parte de algunos de sus rituales. Por Silio Itálico, Floro, Plinio y San Isidoro de Sevilla sabemos que se suicidaban con veneno extraído de las hojas de este árbol, pues preferían la muerte a ser esclavizados, y de igual forma sacrificaban a los ancianos no aptos para la guerra. Es habitual encontrarlos en las plazas de los pueblos, en cementerios, iglesias, ermitas, palacios y casonas al considerarse un árbol testigo, lo que ha permitido perpetuar ese halo de misterio y sacralidad que envuelve todo lo relacionado con esta especie.

El roble es el árbol céltico por excelencia ya que quizá sea la especie más sacra para los druidas, del cual recolectaban el muérdago. Es una especie que arrastra muchas connotaciones folclóricas, simbólicas y mágicas en Cantabria y era frecuente utilizarlo como "árbol de mayo", la maya que aún hoy preside los festejos en algunos pueblos, alrededor del cual bailaban los mayos para celebrar el renacer de la vida vegetal. Las cagigas simbolizan la unión del cielo y la tierra, imagen que le confería el valor de eje del mundo. Tienden a atraer al rayo, por lo que jugaban un importante papel preponderante en las ceremonias para conseguir lluvia y fuego en toda Europa.

Robles, hayas, encinas y tejos eran también utilizados como un lugar de encuentro tribal generación tras generación en donde las leyes religiosas y seculares eran impartidas. Aún hoy hasta tiempo muy recientes era habitual celebrar los denominados concejos abiertos bajo árboles centenarios (las juntas de Trasmiera oficiaban sus reuniones en Hoz de Anero, en Ribamontán al Monte, bajo una gran encina que todavía existe).

Los celtas veían en el árbol no sólo la esencia de la vida sino el recurso para predecir el futuro. Curiosamente, este medio tan primitivo era considerado por los druidas el más eficaz a la hora de establecer un pronóstico sobre el destino que espera a cualquier ser humano. Al observar todo el conjunto del árbol, desde sus raíces que se hundían en la tierra hasta su copa más o menos frondosa, lo que aconsejaban era mantener la vista elevada, permanecer bien apoyado en el suelo y tener en cuenta que la Naturaleza es tan previsora que a un tiempo de caída de las hojas le sigue otro de nieves, las cuales propiciarán la aparición de los mejores brotes. Se habría llegado entonces a la época de fertilidad y del renacimiento de la vida más pletórica.

Desde el principio de los tiempos el árbol había mantenido una relación vital con el ser humano celta, al proporcionarle el primer hogar, leña, sombra y alojamiento para las aves que podían convertirse en caza para alimentar a la tribu. Sin embargo, los druidas consideraban que la relación podía hacerse más íntima, si se tenía en cuenta que cada hombre o mujer lleva en su interior un árbol, por medio del cual alimentaba el deseo de crecer de la mejor manera. En realidad el árbol suponía el protector de todo lo material y espiritual de los seres humanos celtas.

El árbol articulaba toda la idea del cosmos al vivir en una continua regeneración. Además en él contemplaban los druidas el simbolismo de la verticalidad, de la vida en completa evolución, en una ascensión permanente hacia el cielo. Por otra parte, el árbol permitía establecer una comunicación con los tres niveles del cosmos: el subterráneo, por sus raíces que no dejaban de hurgar en las profundidades que recorrían en la continua necesidad de encontrar agua; la de la superficie de la tierra, por medio de su tronco y sus ramas; y las alturas, a través de la copa y las ramas superiores, siempre reunidos la totalidad de los elementos: el agua que fluía en su interior, la tierra que se integraba en su cuerpo por las raíces, el aire que alimentaba las hojas y el fuego que surgía de su fricción. Los celtas conseguían el fuego frotando hábilmente unas ramas, entre las cuales habían introducido hierba seca o paja.

Debido a que las raíces del árbol se sumergían en el suelo mientras sus ramas se elevaban al cielo, el druida lo consideraba el símbolo de la relación tierra-cielo. Poseía en este sentido un carácter central, hasta tal punto de que suponía la esencia del mundo. Son muchas las civilizaciones antiguas que han establecido su árbol central, ése que era tenido como el eje del mundo: el roble de los celtas; el tilo de los alemanes; el fresno de los escandinavos; el olivo de los árabes; el banano de los hindúes; el abedul de los siberianos, etc.

Tanto en la China como en la India el árbol que es considerado el eje del mundo se halla acompañado de pájaros, lo mismo sucedía con los celtas, ya que éstos reposan en sus ramas. Lo consideraban estados superiores del ser, que se hallaban vinculados, al mismo, con el tronco del árbol. Los pájaros eran doce, lo que recordaba el simbolismo zodiacal y el de los Aditya, que constituyen la docena de soles. La misma cantidad suman los frutos del árbol de la vida, los cuales son signos de la renovación cíclica que se produce en todo lo vivo que hay sobre la Tierra.

El árbol cósmico para los druidas era el central: su savia suponía el rocío celestial y sus frutos proporcionaban la inmortalidad (el retorno del ser o un estado paradisíaco). Así ocurría con los frutos del árbol de la Vida que se encontraba en el Edén, las manzanas de oro del Jardín de Hespérides y los melocotones de la si-wang, la savia del Haoma iraní. El hiomaragi japonés también es valorado como un árbol cósmico, igual que el Boddhi, bajo el cual Buda alcanzó la plena iluminación, por lo que desde entonces representa al mismo Buda en la iconografía primitiva.

El simbolismo chino conoce el árbol de la fusión: une el Ying con el Yang (cruzamiento de las flores masculinas y las femeninas del árbol). Asimismo, las dos categorías de árboles: los de hojas caducas y los de hojas perennes están afectados por signos opuestos: uno simboliza el cielo de las muertes y renacimientos; y el otro representa la inmortalidad de la vida, es decir, dos manifestaciones diferentes de una misma identidad.

En Bolivia y Haití, el árbol no sólo es de este mundo, se yergue en el más próximo y sube al más lejano. Va de los infiernos a los cielos, como un camino de viva comunicación.

De acuerdo con las ideas de muchos antropólogos, podemos creer que el árbol fue considerado un antepasado mítico de una tribu, al hallarse en relación estrecha con el culto lunar. Así lo afirmaban los druidas. Esto lo presentaron en forma de una especie vegetal. Pero existen numerosos ejemplos en otras culturas: los maos y los tagálop de las Filipinas; el yu-nan de Japón; los ainus de Asia central; y en Corea y en Australia que unen los orígenes de sus razas con el bambú y la acacia.

El árbol también interviene en las interpretaciones antropomórficas (transformación del hombre en árbol y viceversa). Esto lo vemos en las creencias de los pueblos altaicos y turco-mongolés de Siberia, lo mismo que en los celtas.

El matrimonio místico entre árboles y humanos, es común en la India, en el Penjab y en el Himalaya. También en los siux de América del Norte, y entre los hotentotes de África.

El árbol también simboliza el crecimiento de una familia, de una ciudad, de un pueblo, de una nación y del poder del rey. Un buen ejemplo es el caso de Nabucodonosor y la interpretación de su sueño realizada por el profeta Daniel.

En la tradición bíblica judeo-cristiana, se detecta en el relato de la tentación del libro del Génesis, los grandes árboles que figuraban a veces en los Salmos. Este árbol simboliza la cadena de generaciones, cuya historia resume la Biblia y que culmina con la llegada de la Virgen y de Jesucristo. Este mismo árbol ha inspirado muchas obras de arte y ha sido objeto de comentarios místicos.

En las tradiciones celtas el árbol ofrece tres temas: Ciencia, Fuerza y Vida. El tema de base es UID, homónimo del nombre de la ciencia, con la cual los antiguos lo han confundido voluntariamente. Uno de los principales juegos de palabras de la antigüedad es el de Plinio con los nombres griegos del roble DRUS y DRUIDAS (Druides).

El árbol es símbolo de la Ciencia y sobre su madera han sido precisamente grabados los textos célticos antiguos. El árbol es también Fuerza en algunos vocablos o nombres propios (Draucus, Frutos), que nos indican una etimología indoeuropea. De la misma manera, y para finalizar el apartado, es símbolo de Vida, por actuar como intermediario entre el cielo y la tierra, y resulta incluso portador de frutos que dan o prolongan la existencia.

Los árboles celtas ofrecen tantas ventajas, que en muchos países se cultivan, actualmente, porque brindan protección y grandes influencias mágicas.

Este mito tiene su mejor reflejo en “El combate de los árboles”, que es un poema atribuido al bardo galés Taliesín, en el que narra cómo Gwyddyon salvó la vida de un grupo de valientes bretones al transformarlos en árboles, sin impedirles que bajo esta forma pudieran pelear contra sus enemigos. El mismo autor se refiere a otra práctica en este delicado verso:


Cuando surgió la vida
mi creador me dio forma
con la savia de los árboles
y el sabroso jugo de los frutos…
Se sirvió de la malvarrosa de la colina,
de las flores de los árboles y los zarzales…
con las flores de la ortiga…
He sido marcado por Mat…
En mí hay huellas de Gywddyon,
de los sabios hijos de Math
y de lo eterno que hay en la Naturaleza.

El mito de los árboles adquiere solidez al convertirse en un motivo oral, en un poema fácil de repetir al poseer una cadencia y encerrar un mensaje.

viernes, 20 de junio de 2008

El ORIGEN CELTA

En el principio, Dios pronunció Su Nombre, y el Manred (la primera sustancia del Universo) fue formado. El Manred era un conglomerado de diminutas partículas indivisibles, cada una de las cuales eran Dios y a la vez parte de Dios. La vida surgió de Annwn (la nada).
Fue Partholan el primer ser en llegar a Irlanda. Llegó con su Reina Dalny y un grupo de compañeros. Vinieron del Oeste, de la tierra de los muertos. Poco tiempo después de haberse instalado en esta tierra, tuvieron que luchar contra la temible raza de los Fomorianos: seres crueles, violentos, deformes y malignos. Los vencieron después de largas luchas. Los Partholeanos desaparecerían tiempo después, a causa de la gran Peste.
Los Fomorianos retomaron el poder en Irlanda y bajo el mando de sus dos reyes: Morc y Conan, tenían totalmente tiranizada la tierra de Partholan. Fue entonces que llegaron los nemedios, parientes de la raza de Partholan. Estos dieron una fuerte lucha, pero al final salieron derrotados por los fomorianos. Solo treinta nemedios sobrevivieron a la cruenta guerra. Se dice que de estos treinta había una familia que se llamaba Britan, y se debe a ésta el nombre actual de Gran Bretaña.
Tiempo después apareció el gran pueblo de Dana. Ellos vinieron del cielo, pues su origen era Divino. Dana era hija del jefe de los dioses Dagda. Los danaanos se esparcieron por cuatro grandes ciudades: Falias, Gorias, Finias y Murias. En cada ciudad adquirieron conocimientos propios de cada región. De Falias trajeron la Piedra del Destino, la cual se ponían los reyes al ser coronados. De Gorias Se trajeron la Espada Invencible de Lugh. De Finias trajeron una lanza mágica y de Murias el Caldero de los Dagda, el cual tenía la propiedad de poder alimentar a todo un ejército y no quedar nunca vacía.
Fue con todas estas posesiones que llegaron a Irlanda. Al llegar se encontraron con los Firbolgs (seres mortales). Estos no aceptaron ningun tipo de tratado sobre división de tierras, asi que declararon la guerra a los danaanos. Se enfrentaron en Moytura. Al mando de los danaanos estaba Nuada, el de la mano de plata, quien no podía ser rey debido a su defecto de la mano. La victoria fue de los danaanos gracias, entre otras cosas, a sus artes mágicas.
Sucedió entonces que el pueblo quería a Nuada como rey a pesar de su defecto. El monarca actual: Bres, tuvo que ceder su corona. Poco después Bres se enteró que era pariente directo de la corte de los fomorianos (enemigos de los danaanos). Así que traicionando a su gente, buscó el apoyo de Balor, rey de los fomorianos, para conquistar al puelo de Dana. Balor era conocido como el Ojo Diabólico, pues tenía un solo ojo y con la sola mirada de éste podía matar a quien quisiera. Pero, por cuestiones de vejez, no podía mantener el ojo abierto mucho tiempo. El pueblo de Dana cayó entonces bajo el yugo de los fomorianos por un largo tiempo. Los danaanos esperaban con ansia la llegada de un Salvador que los libertara de la tiranía en que vivían. Este Salvador llegó por fin con el nombre de Lugh, hijo de Kian y nieto de Balor.
Fue gracias a Lugh que los danaanos se enfrentaron a los fomorianos en una gran batalla y terminaron derrotandolos. En esta batalla perdieron la vida Nuada, el de la Mano de Plata y Balor , el del Ojo Diabólico. Para matar a Balor, Lugh tuvo que esperar a que el gran ojo se cerrara para lanzarle una piedra que se incrustó en su cerebro.

jueves, 19 de junio de 2008

El origen de nuestra mitología: los CELTAS

A principios del año 600 a.C., en la Edad de Hierro, un pueblo de origen indoeuropeo invadió Europa, siendo los introductores de la nueva cultura La Téne, caracterizada por el uso del hierro y los ritos funerarios de inhumación. EL nombre de este pueblo, CELTAS tiene su origen en el griego KELTOI. Las personas integrantes de esta cultura era dolicocefálicos, rubios y de elevada estatura.

Fueron los primeros que formaron un Imperio en Europa central entrando en contacto con otros pueblos de los que asimilan otras formas de vida. La superioridad de sus armas, espadas de hierro, les dotó de un poder dominador, pero se mezclaron con los pueblos conquistados. Dominaron a los ligures en el centro y norte de la Galia, llegaron a las Islas Británicas y penetraron también en la península ibérica. Lucharon contra los etruscos en el norte de la península Itálica, en la de los Balcanes derrotaron a los griegos y saquearon el santuario de Delfos, llevando sus conquistas hasta Asia menor.

Nunca llegaron a formar un estado unitario. Con el desarrollo de la Tène, los celtas (denominados galos en el año 400 a.C.) invaden el valle del Danubio y parte de Asia Menor, aunque pronto empezaron a ser derrotados por los romanos, que al extenderse por el Mediterráneo y por Europa, colisionan. En el siglo III a.C., el imperio celta perdió su unidad y se desintegró en multitud de reinos independientes.

Se cuenta que los Celtas entraron en España por los Pirineos para después ocupar el norte y el oeste hasta poblar toda la península. Fueron rápidamente absorbidos por los indígenas, los íberos, dando lugar a la raza celtíbera.

Poseían una religión panteísta y misteriosa. Creían en la reencarnación o transmigración de las almas (metempsicosis) y en la existencia de otra vida después de la muerte, de ahí que enterraran a la gente con sus pertenencias (para que los pudieran usar en otra vida). Adoraban a los astros y a dioses superiores los cuales influían en su destino, de manera favorable o adversa. El culto lo practicaban en la naturaleza, bien en lo alto de la montaña o en los profundo y denso de los bosques. Hacían sacrificios humanos a sus dioses.

Eran una raza bastante belicosa, que en tiempos de paz se dedicaba a la pesca y a la caza, quedando las mujeres al cuidado de las tareas agrícolas y domesticas.
Las cosechas se repartían por igual entre todos los habitantes y estos estaban divididos en cuatro categorías sociales: sacerdocio, la nobleza o jerarquía guerrera, el pueblo y los esclavos.