martes, 1 de julio de 2008

Laro y Corocotta

Dos personajes del mundo antiguo de los cántabros, pero que por diversos motivos han transcendido a su tiempo y están presentes en el hoy: Laro y Corocotta.

Pese a todo y a todos, ambos continúan no sólo vivos sino que despiertan el interés y la curiosidad de quienes se acercan a ellos. ¿Mito o realidad? Una interesante cuestión. Ciertamente cada uno de los acontecimientos de la historia remota está profundamente cargado de ambas cosas. Desde un principio los pueblos han tenido la imperiosa necesidad de crear verdaderos héroes, semidioses que aglutinaran los valores que la comunidad pudiera imitar y ante los cuales mostrar su orgullo. Hércules, Sansón, Héctor, Ayax, Aquiles o Ulises han sido héroes que han servido de vanagloria a cada uno de sus pueblos.

Sin regocijarnos en la comparación, también en nuestra pequeña tierra hemos contado a nuestra manera con verdaderos héroes, personajes que saltan de la historia hacia la ficción de manera harto común. Pero ¿existieron ambos personajes o son el fruto de la memoria colectiva aficionada a encumbrar modelos a imitar? De la lectura de las fuentes antiguas hemos de consignar que ciertamente existieron, cada uno con un protagonismo diferente. Dión Casio, historiador griego 155-230 d. C. en su obra de Historia romana, habla con cierta extensión de las guerras cántabras en los volúmenes LIII y LIV, y concretamente hace mención a un tal Corocotta, bandido de los cántabros a los que acaudillaba. Según Dión el Emperador, que dirigía el ataque para la conquista final de la hasta entonces invencible Cantabria, se enfadó enormemente con este poderoso caudillo, de forma que incluso ofreció una recompensa por él. Sin embargo, al parecer, los acontecimientos se tornaron de manera increíble al ser el propio Corocotta quien, con enorme osadía y valentía, se presentó ante el divino César para cobrar su propia recompensa. De tal suerte que cuando el cántabro fue hacia él, al contrario de lo que pudiera sospecharse, el general en jefe del ejército y señor del mundo además de regalarle la recompensa le dejó marchar. Desde luego en el referido relato el exceso del autor es más que evidente, no sólo es raro que el caudillo acudiera a Augusto, sino más inverosímil resulta que el Emperador le dejase ir debido al daño que parecía estar causando a sus legiones, y sobre todo conociendo el profundo pragmatismo del pueblo romano, que en ningún caso era dado a la magnanimidad con aquellos que suponían un verdadero quebradero de cabeza. La narración de Dión parece una concesión a la benevolencia del divino César que mostraba así un talante que servía para aumentar todavía más su halo de divinidad. Suponemos que Corocotta era cántabro ya que en este momento de la narración se está hablando de la guerra de Hispania, y por aquel tiempo sólo en nuestra tierra se mantenía un conflicto abierto, lo cual sitúa al personaje en las filas de nuestras huestes. Y aunque es llamado bandido, esto no supone que fuera tan sólo un pequeño forajido, ya que Roma acostumbra a tildar de simples malhechores a todos aquellos jefes que pusieron en cuestión su dominio, y si un pueblo cuestionó el poder de Roma en su territorio, ese fue el cántabro. Por tanto, Corocotta habría de ser considerado un importante jefe de nuestro pueblo, lo cual además supone una cierta unidad entre las tribus cántabras, sin embargo esta es otra historia. Este jefe, que podríamos encumbrar a la categoría de héroe, es muy similar al rastro mítico que encontramos en otros eminentes guerreros llenos de cruda realidad y leyenda infinita como el lusitano Viriato y el galo Vercingetórix.

En la actualidad se ha postulado que Corocotta fue un afamado y audaz ladrón, de probable origen norteafricano.

Alicia M. Canto, de la Universidad Autónoma de Madrid, ha planteado una revisión del texto griego de Dión Casio, así como de su contexto, que conduce a descartar por completo la tesis de Schulten, aunque ha sido seguida por numerosos autores. Sus argumentos principales son:

El propio Dión Casio no menciona a Corocotta en el relato de las Guerras Cántabras, de las que trata en sus libros LIII y LIV, donde hubiera sido el lugar más adecuado, sino dos libros después, en el marco del elogio de la clemencia de Augusto, una vez fallecido éste.

Una traducción más detenida del texto griego de Dión Casio evidencia que éste no le define en realidad, como se viene repitiendo, como "bandolero español" o "bandido hispano", sino como "cierto bandido en Hispania" (tína lestén én Ibería), lo que de entrada ya descartaría un origen cántabro e incluso parece sugerir más bien una procedencia foránea.

La atribución cronológica y circunstancial del incidente con Augusto en el escenario de las Guerras Cántabras fue hecha por Schulten sin una base real. Podría ubicarse en cualquiera de las estancias de Augusto, ya como emperador, en Hispania, caso en el que hay que recordar que éste pasó la mayor parte de las guerras cántabras en Tarraco, como es bien sabido, pues tampoco hay mención alguna en Dión Casio de que le recibiera en ningún "campamento". Incluso el asunto pudo ocurrir en cualquier otro lugar.

La actitud misma de Corocotta, al presentarse ante el enemigo para cobrar, a título personal, la recompensa por su captura, es impropia e ilógica en un verdadero "héroe de la resistencia indígena".

Por fin, el estudio del nombre (que procede del conocido animal originario de África, la krokóttas griega, citada ya en el siglo V a. C., y no sería céltico en el sentido que propugnó Schulten) nos lo presenta como un verdadero apodo, "el Hiena" o "el Chacal", en una forma muy congruente con lo anterior y en buen encaje con la que sería la verdadera profesión del personaje. Para reforzar la dudosa seriedad de este apodo, así como su posible origen norteafricano, la autora ha aportado, y traducido al español, un documento tardío, el llamado Testamentum Porcelli, cuyo protagonista se llama M. Grunnius Corocotta y era posiblemente originario de la región de Thebeste, cerca de Cartago, en el moderno Túnez. Desde la misma zona pudo pasar a trabajar en Hispania el Corocotta de Dión Casio.


En cuanto a Laro, su historia en las fuentes está restringida también a un solo autor, el cual le cita no como un caudillo, sino como el prototipo de guerrero cántabro. Este nombre no lo encontramos en ningún lugar de Cantabria sino que conocemos su existencia de la mano de Silio Itálico que menciona a este formidable guerrero en su obra Púnica, trabajo en el que se relata la lucha del cartaginés Aníbal con los romanos. Laro formaba parte del contingente que Aníbal había reclutado entre los indígenas de Iberia. El texto en el que aparece nuestro paisano dice así:

«El cántabro Laro era temible por la naturaleza de sus miembros y por su corpulencia, aunque no dispusiera de dardos. Como es la fiera costumbre de esta gente, se enfrentaba a la batalla empuñando el hacha con la mano diestra. A pesar de que viera que los guerreros se dispersaban rechazados, una vez destruida la juventud de su gente, sin embargo él en solitario colmaba el campo con cadáveres. Además si el adversario se encontraba cerca, le gustaba herirle de manera frontal, si la lucha llegaba desde la izquierda, giraba el dardo. Pero cuando el fiero atacante llegada por la espalda, no se perturbaba, sino que lanzaba hacia atrás su hacha de doble filo».

Así es este héroe prototípico de nuestra gente. Pero, a pesar de que la fuerza de nuestra tradición ha sido y es grande, a pesar de la enorme importancia de nuestra historia, mítica o real, ¿hemos sabido cuidar a nuestros viejos héroes?, ¿les hemos concedido el verdadero lugar que se merecen?

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