domingo, 29 de junio de 2008

La Montaña en la Cantabria Ancestral

Tras conocer el sol y la luna ahora es el momento de descubrir la divinización de la naturaleza, todavía más cercana al hombre. La naturaleza nos ofrece un espectáculo tan majestuoso que continuamente ha sorprendido al hombre, y no sólo en épocas remotas sino que también hoy día nos vemos maravillados por el mundo natural que nos circunda. Las montañas, esas grandes moles que rodean nuestra región, los montes, las colinas, los picos y en general toda la cordillera han admirado a nuestras gentes, han sido su refugio, su lugar de recogimiento, en ellas acechaban peligros y bondades. No pocas leyendas se sitúan en las montañas de nuestra región. Si bien es cierto que son innumerables los pueblos que han adorado a las montañas, en nuestra tierra, La Montaña, esta veneración ha sido y es más acusada si cabe. Con sólo echar un vistazo alrededor de Cantabria no encontraremos con montañas sin fin que se encadenan en un verdadero alarde de magnificencia.

El propio nombre de nuestra región nos acerca a la montaña, pues la palabra Cantabria procede de la raíz de origen céltico cant-. Un autor como Echegaray ve en este nombre la raíz iliria *cant-, que también podemos atestiguar en otras de las lenguas de origen celta, significando “roca”, “montaña”. En el sufijo «-abr-» lee “habitante de”. Así pues Cantabria tendría como significado “los habitantes de la montaña o montañeses”. Esta denominación lingüística se corresponde perfectamente con la terminología con la que se conoce a los habitantes de la región, montañeses en su tierra, La Montaña.

En un primer momento fueron las propias montañas como tales el objeto de culto, el poder que infundían en las gentes era significativo y en muchos aspectos pervive hoy día. Las montañas eran quienes protegían el estilo de vida de los cántabros, fueron ellas las que provocaron en gran medida un cierto aislamiento de este pueblo, lo que causó un particular estilo de vida. Conocido es que los castros de este pueblo tuvieron como emplazamiento la parte alta de las colinas y montañas, en parte para la protección pero también con un sentido religioso. Ya legendario es que los cántabros consideraban que las aguas del mar llegarían a lo alto de los Picos de Europa antes que caer derrotados por un Imperio como el romano, sin embargo, así es la historia, de casi nada se puede decir nunca o siempre.
Pocos lugares eran más apropiados para rendir culto a las divinidades que aquel que físicamente se acercaba más a dioses como el sol y la luna o cualquier otra divinidad celeste. Los picos y montañas constituyeron verdaderos santuarios naturales en los que realizar diferentes rituales.

¿Pero cuáles son algunas de las montañas en las que podemos encontrar esta veneración? Son muy numerosas por lo que se habrá de comentar las más destacadas, y cuya advocación ha transcendido en el tiempo y ha llegado hasta nuestros días.

Algunas montañas llevan en su propio nombre una clara referencia a la sacralidad de sus piedras, ejemplos como Peña Sagra, Peña Santa o Moza-gro, indican que han sido considerados lugares de culto desde la antigüedad más remota. Es extraño no encontrar en cada valle una montaña o pico en el que tradicionalmente no se realice una procesión o una marcha ritual.

El pico Dobra constituye uno de los lugares sagrados más importantes de la comarca del Besaya, su nombre nos remite a una extendida raíz céltica, pero lo que más nos interesa es que fue un lugar en donde se rindió culto a los dioses, muy posiblemente en un principio a la propia montaña y posteriormente a divinidades con nombre propio. Fue en este pico en donde se halló una de las aras más importantes para el estudio de nuestro pueblo, el ara al dios Erudino, uno de los pocos testimonios que conocemos con el nombre indígena. De la lectura de este ara extraemos la fecha de su realización o colocación, aunque no hay unanimidad en la datación, la interpretación más extendida la sitúa en torno al 399 después de J.C., lo que sería verdaderamente revelador al contemplar que el rito pagano se extendió en el tiempo mucho más allá de la implantación del cristianismo en el Imperio Romano.

El pico Jano, nombre que se asocia a una divinidad indoeuropea, indica su importante papel religioso. Este pico no está exento de leyenda, tradición y mito, pero es tan apasionante que le dedicaremos tanto al dios como a la montaña una edición concreta.

Son numerosos los topónimos que poseen la raíz cant- o cand- referidos a montañas o lugares elevados, no sólo en Cantabria sino fundamentalmente en todo el norte peninsular. Candina y Candiano son algunos ejemplos, estas palabra se asocian a blanco, brillante, lo cual no parecería nada particular de no ser porque conocemos la divinidad indígena conocida como Júpiter Candamo. La unión de Júpiter y Candamo parece que pudiera traducirse por “Júpiter luminosísimo”. Esta divinidad superior recibía culto en lo alto de las montañas, al ser el lugar más próximo a una divinidad celeste y suprema.

Pero las montañas no han sido un lugar sacro únicamente durante la antigüedad. A lo largo de los tiempos el culto se ha ido transformando, pero el lugar se ha mantenido. Templos, ermitas e iglesias han sido establecidas en las colinas, las montañas e incluso los picos en todas las épocas. Aún hoy son numerosas las procesiones que tienen como destino las montañas. ¿Quién no ha visto las numerosas ermitas en zonas casi inaccesibles y de difícil acercamiento? Las muchas cruces que hoy día se encuentran en los picos no son una iniciativa decorativa y carente de una alta carga de simbolismo religioso. Las religiones cambian, pero el lugar de culto permanece. Desde la Ermita de la Virgen de la Luz hasta el templo romano del alto de Julióbriga no existe una mentalidad tan distante, pertenecen a mundos y épocas diferentes pero no radicalmente opuestas. Lo básico siempre permanece.

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