sábado, 21 de junio de 2008

El ÁRBOL era la VIDA

Si hay una cultura ligada a la vida de los árboles, es la celta. Se divinizó la foresta, un culto con clara influencia celta a través de su mitología arbórea. Algunas especies de árboles eran especialmente respetados; el tejo y el roble. El primero es la especie más emblemática y simbólica de Cantabria y ha sido venerado por los cántabros de la antigüedad, formando parte de algunos de sus rituales. Por Silio Itálico, Floro, Plinio y San Isidoro de Sevilla sabemos que se suicidaban con veneno extraído de las hojas de este árbol, pues preferían la muerte a ser esclavizados, y de igual forma sacrificaban a los ancianos no aptos para la guerra. Es habitual encontrarlos en las plazas de los pueblos, en cementerios, iglesias, ermitas, palacios y casonas al considerarse un árbol testigo, lo que ha permitido perpetuar ese halo de misterio y sacralidad que envuelve todo lo relacionado con esta especie.

El roble es el árbol céltico por excelencia ya que quizá sea la especie más sacra para los druidas, del cual recolectaban el muérdago. Es una especie que arrastra muchas connotaciones folclóricas, simbólicas y mágicas en Cantabria y era frecuente utilizarlo como "árbol de mayo", la maya que aún hoy preside los festejos en algunos pueblos, alrededor del cual bailaban los mayos para celebrar el renacer de la vida vegetal. Las cagigas simbolizan la unión del cielo y la tierra, imagen que le confería el valor de eje del mundo. Tienden a atraer al rayo, por lo que jugaban un importante papel preponderante en las ceremonias para conseguir lluvia y fuego en toda Europa.

Robles, hayas, encinas y tejos eran también utilizados como un lugar de encuentro tribal generación tras generación en donde las leyes religiosas y seculares eran impartidas. Aún hoy hasta tiempo muy recientes era habitual celebrar los denominados concejos abiertos bajo árboles centenarios (las juntas de Trasmiera oficiaban sus reuniones en Hoz de Anero, en Ribamontán al Monte, bajo una gran encina que todavía existe).

Los celtas veían en el árbol no sólo la esencia de la vida sino el recurso para predecir el futuro. Curiosamente, este medio tan primitivo era considerado por los druidas el más eficaz a la hora de establecer un pronóstico sobre el destino que espera a cualquier ser humano. Al observar todo el conjunto del árbol, desde sus raíces que se hundían en la tierra hasta su copa más o menos frondosa, lo que aconsejaban era mantener la vista elevada, permanecer bien apoyado en el suelo y tener en cuenta que la Naturaleza es tan previsora que a un tiempo de caída de las hojas le sigue otro de nieves, las cuales propiciarán la aparición de los mejores brotes. Se habría llegado entonces a la época de fertilidad y del renacimiento de la vida más pletórica.

Desde el principio de los tiempos el árbol había mantenido una relación vital con el ser humano celta, al proporcionarle el primer hogar, leña, sombra y alojamiento para las aves que podían convertirse en caza para alimentar a la tribu. Sin embargo, los druidas consideraban que la relación podía hacerse más íntima, si se tenía en cuenta que cada hombre o mujer lleva en su interior un árbol, por medio del cual alimentaba el deseo de crecer de la mejor manera. En realidad el árbol suponía el protector de todo lo material y espiritual de los seres humanos celtas.

El árbol articulaba toda la idea del cosmos al vivir en una continua regeneración. Además en él contemplaban los druidas el simbolismo de la verticalidad, de la vida en completa evolución, en una ascensión permanente hacia el cielo. Por otra parte, el árbol permitía establecer una comunicación con los tres niveles del cosmos: el subterráneo, por sus raíces que no dejaban de hurgar en las profundidades que recorrían en la continua necesidad de encontrar agua; la de la superficie de la tierra, por medio de su tronco y sus ramas; y las alturas, a través de la copa y las ramas superiores, siempre reunidos la totalidad de los elementos: el agua que fluía en su interior, la tierra que se integraba en su cuerpo por las raíces, el aire que alimentaba las hojas y el fuego que surgía de su fricción. Los celtas conseguían el fuego frotando hábilmente unas ramas, entre las cuales habían introducido hierba seca o paja.

Debido a que las raíces del árbol se sumergían en el suelo mientras sus ramas se elevaban al cielo, el druida lo consideraba el símbolo de la relación tierra-cielo. Poseía en este sentido un carácter central, hasta tal punto de que suponía la esencia del mundo. Son muchas las civilizaciones antiguas que han establecido su árbol central, ése que era tenido como el eje del mundo: el roble de los celtas; el tilo de los alemanes; el fresno de los escandinavos; el olivo de los árabes; el banano de los hindúes; el abedul de los siberianos, etc.

Tanto en la China como en la India el árbol que es considerado el eje del mundo se halla acompañado de pájaros, lo mismo sucedía con los celtas, ya que éstos reposan en sus ramas. Lo consideraban estados superiores del ser, que se hallaban vinculados, al mismo, con el tronco del árbol. Los pájaros eran doce, lo que recordaba el simbolismo zodiacal y el de los Aditya, que constituyen la docena de soles. La misma cantidad suman los frutos del árbol de la vida, los cuales son signos de la renovación cíclica que se produce en todo lo vivo que hay sobre la Tierra.

El árbol cósmico para los druidas era el central: su savia suponía el rocío celestial y sus frutos proporcionaban la inmortalidad (el retorno del ser o un estado paradisíaco). Así ocurría con los frutos del árbol de la Vida que se encontraba en el Edén, las manzanas de oro del Jardín de Hespérides y los melocotones de la si-wang, la savia del Haoma iraní. El hiomaragi japonés también es valorado como un árbol cósmico, igual que el Boddhi, bajo el cual Buda alcanzó la plena iluminación, por lo que desde entonces representa al mismo Buda en la iconografía primitiva.

El simbolismo chino conoce el árbol de la fusión: une el Ying con el Yang (cruzamiento de las flores masculinas y las femeninas del árbol). Asimismo, las dos categorías de árboles: los de hojas caducas y los de hojas perennes están afectados por signos opuestos: uno simboliza el cielo de las muertes y renacimientos; y el otro representa la inmortalidad de la vida, es decir, dos manifestaciones diferentes de una misma identidad.

En Bolivia y Haití, el árbol no sólo es de este mundo, se yergue en el más próximo y sube al más lejano. Va de los infiernos a los cielos, como un camino de viva comunicación.

De acuerdo con las ideas de muchos antropólogos, podemos creer que el árbol fue considerado un antepasado mítico de una tribu, al hallarse en relación estrecha con el culto lunar. Así lo afirmaban los druidas. Esto lo presentaron en forma de una especie vegetal. Pero existen numerosos ejemplos en otras culturas: los maos y los tagálop de las Filipinas; el yu-nan de Japón; los ainus de Asia central; y en Corea y en Australia que unen los orígenes de sus razas con el bambú y la acacia.

El árbol también interviene en las interpretaciones antropomórficas (transformación del hombre en árbol y viceversa). Esto lo vemos en las creencias de los pueblos altaicos y turco-mongolés de Siberia, lo mismo que en los celtas.

El matrimonio místico entre árboles y humanos, es común en la India, en el Penjab y en el Himalaya. También en los siux de América del Norte, y entre los hotentotes de África.

El árbol también simboliza el crecimiento de una familia, de una ciudad, de un pueblo, de una nación y del poder del rey. Un buen ejemplo es el caso de Nabucodonosor y la interpretación de su sueño realizada por el profeta Daniel.

En la tradición bíblica judeo-cristiana, se detecta en el relato de la tentación del libro del Génesis, los grandes árboles que figuraban a veces en los Salmos. Este árbol simboliza la cadena de generaciones, cuya historia resume la Biblia y que culmina con la llegada de la Virgen y de Jesucristo. Este mismo árbol ha inspirado muchas obras de arte y ha sido objeto de comentarios místicos.

En las tradiciones celtas el árbol ofrece tres temas: Ciencia, Fuerza y Vida. El tema de base es UID, homónimo del nombre de la ciencia, con la cual los antiguos lo han confundido voluntariamente. Uno de los principales juegos de palabras de la antigüedad es el de Plinio con los nombres griegos del roble DRUS y DRUIDAS (Druides).

El árbol es símbolo de la Ciencia y sobre su madera han sido precisamente grabados los textos célticos antiguos. El árbol es también Fuerza en algunos vocablos o nombres propios (Draucus, Frutos), que nos indican una etimología indoeuropea. De la misma manera, y para finalizar el apartado, es símbolo de Vida, por actuar como intermediario entre el cielo y la tierra, y resulta incluso portador de frutos que dan o prolongan la existencia.

Los árboles celtas ofrecen tantas ventajas, que en muchos países se cultivan, actualmente, porque brindan protección y grandes influencias mágicas.

Este mito tiene su mejor reflejo en “El combate de los árboles”, que es un poema atribuido al bardo galés Taliesín, en el que narra cómo Gwyddyon salvó la vida de un grupo de valientes bretones al transformarlos en árboles, sin impedirles que bajo esta forma pudieran pelear contra sus enemigos. El mismo autor se refiere a otra práctica en este delicado verso:


Cuando surgió la vida
mi creador me dio forma
con la savia de los árboles
y el sabroso jugo de los frutos…
Se sirvió de la malvarrosa de la colina,
de las flores de los árboles y los zarzales…
con las flores de la ortiga…
He sido marcado por Mat…
En mí hay huellas de Gywddyon,
de los sabios hijos de Math
y de lo eterno que hay en la Naturaleza.

El mito de los árboles adquiere solidez al convertirse en un motivo oral, en un poema fácil de repetir al poseer una cadencia y encerrar un mensaje.