miércoles, 25 de junio de 2008

Comienza el largo viaje

La primera parada se realizará en lo más ancestral del pueblo cántabro, las creencias primigenias, las divinidades que dieron origen a los personajes mitológicos, los primeros cultos básicos y fundamentales.

Como todas las culturas conocidas tiene a la naturaleza como primer elemento de veneración, y más allá, en los astros y los fenómenos climáticos los primeros elementos en ser divinizados. El pueblo de la antigua Cantabria encontró en el rayo, el trueno, la luna, el sol y el resto de astros, lugares comunes a los que dirigir su culto. En ellos se podía contemplar a los responsables y la causa manifiesta de cada uno de los acontecimientos que le ocurrían al hombre y que sin embargo él no acertaba a comprender. Es por ello que todas las culturas antiguas contemplaran en el Sol el elemento primordial y principal representante de la divinidad; egipcios, griegos, romanos, indios, celtas, germanos, escandinavos, y por supuesto cántabros, consideraron este astro como una de las deidades básicas de su panteón mitológico.

En un principio esta divinidad fue venerada como tal, sin más y que con el paso del tiempo, se fue llenando de contenido y adquiriendo un carácter antropomórfico, es decir se asoció con un personaje divino al que se le otorgó forma humana y nombre propio. Así ocurrió en muchas ocasiones, y los dioses solares se presentaron como los más importantes de cada cultura: Apolo, Osiris, Horus, Lug, Mitra, Baco y un largo etc., fueron divinidades que se asociaron al astro rey.

Entre los cántabros no conocemos el nombre que el Sol recibió, bien porque no nos ha llegado por medio de ninguna fuente o inscripción, bien porque nunca existió ese nombre. Este culto entre los cántabros existió con gran fuerza y claridad, está magníficamente atestiguado y podemos rastrearlo en gran medida. No hemos de olvidar que lo que conocemos de los cántabros viene dado por los escritores antiguos, romanos y griegos, así como lo que nos transmite la arqueología, toponimia o lingüística. Sin embargo en muchas ocasiones esto no es suficiente, aún nos faltan datos.

Otra particularidad del culto al Sol y su legado la hallamos en la terminología que acompaña a los días de la semana. En numerosas culturas es el primer día de este periodo el que se le consagra al astro. El día más importante de la semana estaba dedicado al Sol. Y a pesar de lo que pudiera parecer, lo mismo ocurre con el término domingo, el día del señor, el día del dios cristiano. El cristianismo realizó una larga tarea de asimilación del resto de religiones o creencias. Así ocurrió también con el culto al Sol, el cual fue adaptado por el cristianismo uniéndose de esta manera dos divinidades solares, el propio astro y Jesucristo, la divinidad cristiana.

En Cantabria en aquella época las temperaturas eran mucho más bajas y el clima bastante más riguroso, por lo que el Sol era un bien escaso. Para encontrar testimonios del culto al sol, es evidente que tan solo hay que fijarse en las estelas de nuestra región. Las estelas gigantes y discoideas, es decir con forma circular y con una base para ser anclada en tierra. En ellas encontramos a través del rito funerario una clara veneración a la divinidad solar. ¿Quién no conoce estas estelas, quién no tiene una estela en un colgante, en un llavero, en una camiseta...? Son ya sin duda el símbolo regional. Su forma nos remite al culto solar. En él encontramos círculos, cenefas de triángulos, esvásticas y muchos más elementos que nos evocan este culto. Las esvásticas son símbolos solares que se encuentran en innumerables regiones y que, desde su origen asiático, se extendieron por todo el mundo indoeuropeo. En Cantabria estas esvásticas o cruces gamadas, al aparentar cuatro letras gammas griegas G, se denominan concretamente pentaskeles. Es decir, esvásticas de cinco rayos curvos, en ocasiones terminados en punta de lanza, lo que nos indica una nueva referencia solar. Estas representaciones simulan el giro del Sol, así como sus rayos.

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